Sentada en la pequeña escalera que daba acceso a la vieja auto-caravana, la cabeza entre las rodillas y las manos en la nuca... no recordaba nada de lo que días antes le habían explicado. Luego, la noche siguiente, estaba decidida. Su cuerpo temblaba pero no sentía frío y uno de sus puños, ni siquiera ella puede hoy recordar cuál fue, se mantuvo apretado como sólo se hace cuando las puntas de los dedos empiezan a lucir un descarado tono rojizo. Parada ante la brillante escalera de latón grueso, tomó aliento sin marearse y comenzó a andar.
La noche era clara, un mar inquieto esperaba incrédulo y despistado, nada tuvo que ver el repentino miedo que invadió su cuerpo en el mismo instante en que posó su pie izquierdo y descalzo sobre el último peldaño de aquella escalera. Estaba decidida, segura.
Desnuda y ante la atenta mirada de todos, el alma de aquella chica logró llegar tan lejos y tan profundo como ella siempre quiso que llegara...
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